Fragmento de novela sin título

Autor: Mauro Marino Jimenez

I

            Les dije que no vinieran, pero aquí están. Ya no es miedo lo que sienten, sino una preocupación silenciosa. Huele y aturde menos. No quiero mirarlos. Si lloro, me liberaría de pensar en lo que hay al frente. No. Se preocuparían más. Quiero quedarme en curiosidad y sorpresa. La verdad, sigo sorprendido, a pesar de los tres segundos. Los recuerdos se hacen sensaciones. ¿Será el fin? ¿He vivido esto antes? ¿Lo he soñado? Solo estoy seguro de su realidad. No es un hombre quien me amenaza, sino algo diferente. Su presencia me da infinita tristeza. Parece que se carcajea; pero no lo escucho más allá de su propia pena. Todo lo demás se hace lejano a mí, a pesar de su proximidad.

Dar un paso, dos. Decir algo. No sé la respuesta ante esto. Todo es un segundo. Reprocho mi inacción. Espero reaccionar. Otro reproche. Otro más. Debo seguir.

***

            Esta es la clase de situaciones de las que deseo contar una buena historia. Algo que sorprenda al ajeno y acerque al propio. Una mejor historia que la de Perceval cuando no preguntó por el Santo Grial. Querer. Poder. Faltó el Saber. Solo necesitaba de una pregunta. Algo que sea digno de recordar. Te cruzas con tu destino y sabes que hay un enigma en la pregunta que hagas. Pienso en alguien real. Una madre que buscó a su hija desaparecida, y que preguntó lo mismo a todo el mundo.

-¿Dónde está Gracia? ¿Dónde está mi niñita? ¿A dónde ha ido? ¿Con quién está?

Y la respuesta siempre era negativa. No la conocían. No conocían a esa madre. No conocían sus sentimientos. No conocían su dolor.

Y no fue en el pueblo, sino en uno de los caminos que la vio:

– ¡Gracia! ¡Mi niñita!

            Gracia no respondió. Caminó de largo, mirando hacia su decisión buscada voluntariamente. Un hombre robó una hija y la única luz de su madre.

La madre de Gracia llevó ese silencio de casa en casa, de camino en camino, de pueblo en pueblo. Caminó sin rumbo. Caminó lejos. Caminó hasta encontrarse en una mesa, en algún lugar público, y soltó todo su dolor con una desconocida.

– Si quieres vengarte de tu hija -le susurró- enciende una vela en la iglesia. Lleva una prenda de ella y recita la oración que te voy a decir.

            Recitar un canto de odio en un sitio de piedad y misericordia es romper el centro del mundo. El de la madre estaba roto. Ahora le tocaba a la hija que no volvió al hogar.

El primer hijo de Gracia nació ciego. La segunda también. El tercero alcanzó a ver y tuvo brazos fuertes para trabajar. Pero solo habló de vez en cuando. Y sus manos siempre hicieron cosas imperfectas. Sufrió una cadena de venganza de dos generaciones atrás. La de él o alguna, más adelante, tendrá que repararla. Irá a la iglesia en un camino de piedad y pedirá clemencia por los que no pudieron ver, por quien se fue y por quien se vengó. Tomará tiempo, pero acabará con una pregunta crucial, con una respuesta correcta y con una buena historia.

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