Vaivén

Autora: Carmen Día Atilano

Un día antes había terminado con Ernesto, así que no tuvo mejor idea que ir a reflexionar sobre lo sucedido frente al mar. Apenas sus pies descalzos rozaron la arena se llenaron de un calor casi humano que la confortó. Se sentó en la inmensidad de los granos dorados, de modo que sus pies pudieran ser refrescados por el mar. No necesitaba ni siquiera de sombrilla pues el sol no quemaba, sino que, a manera de un dios benévolo, proyectaba sus rayos de manera que abrazara el cuerpo y no lo tostara. Asimismo, el calor se atenuaba por una brisa de comienzos de otoño y por una que otra nube característica de nuestro cielo gris. Pero lo más impresionante para la vista era el imponente mar: con su azul profundo, con sus olas calmadas y su inmensidad filosófica. Esta presencia y cercanía de los reinos de Poseidón hicieron reflexionar a María, quien al ver el incesante vaivén de las olas, llegó a la conclusión de que lo mismo ocurría con las personas: unas se van para que otras lleguen. Y así regresó a su casa, con la esperanza de que vendría a su vida alguien después de Ernesto.

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