Fragmento de Lágrimas del cielo sobre el mundo

Autor: Mauro Marino Jiménez

Un hombre pequeño, delgado y de pasos nerviosos camina familiarmente por la universidad y se pone frente a la oficina de uno de los profesores principales.

– La escuela ya cerró, señor. -le dicen desde dentro.
– ¿Este es el saludo de un amigo y colega? –responde el visitante en voz alta.
– No. Este es el saludo de un viejo enemigo. Y la placa en la puerta dice que aquí solamente soy un profesor y no alguien más.
– Pues, si hubiera sido solamente profesor yo no estaría aquí… ¿No es cierto? -replica el visitante.

La puerta se abre y deja ver al profesor Néstor. El anfitrión luce un rostro que combina indignación, respeto y miedo asociados, como no mostraba desde hacía varios años. El recién llegado ingresa y se instala en silencio.

– He cumplido mi promesa, si te interesa saber. -Continúa el catedrático.- Si quieres, lo repito diez veces más para que lo compruebes… Aunque con una sola vez bastaría para ti… ¿No es cierto, Erik?
– Tu promesa fue no emplear tus habilidades ni revelarlas a nadie, Néstor. Pero César recuperó la memoria después de visitarte…
El anfitrión varía su expresión mientras Erik pronuncia sus palabras.
– Te lo preguntaré de una forma más directa y  por última vez -prosigue el visitante.- ¿Cómo recuperó la memoria?

El profesor ya no tiene la mirada en Erik. Sus ojos parecen contenedores vacíos.

– ¿Néstor?
– Esta es mi lección final, Erik. -responde, finalmente, el cuerpo casi inmóvil de Néstor- ¿Puedes leer algo más de este mensaje o solamente mis últimas palabras?

El visitante vuelca toda su atención a través de cada fonema, cada centímetro de aire y cada espacio ocupado por el cuerpo sin mente que, hasta hace poco, estaba por revelar sus secretos. El doctor Néstor Almado, catedrático especialista en ciencias de la mente y uno de los más ilustres psíquicos de antes de la guerra había abandonado su cuerpo sin dejar rastro. Incluso Erik, un prodigio especializado en el sometimiento de mentes poderosas, desconocía esa habilidad.

Todavía con algo de estupor, hace una reverencia privada antes de ordenar la desaparición del cuerpo, la identidad y todo lo que concierne a quien fuera su maestro y opositor ideológico.

Durante los siguientes días, Erik se ahorra las palabras hacia sus hombres e indica cada una de sus órdenes con la mente. La más llamativa de estas consistió en alejar a todos sus agentes de la zona en la que su verdadero objetivo fue visto por última vez.

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