Mentiras eternas

Autora: Maríah Elena Pérez Tapia

Pasé la noche afuera. La universidad está lejos y solo hasta ahora he podido regresar a casa. A pesar de la ausencia, mi llegada parece un poco rutinaria. Sin carcajadas, como las que me daba cuando compartía momentos en el internado con amigas. Pero tampoco es que me vaya mal. Veo a mi hermana. Está preocupada por algo. La miró fijamente y no duda en contármelo: sospecha que mi padre ha salido con alguien más. Es un poco gracioso cómo ha surgido esa duda. Él nunca se baña en la noche, pero ayer lo hizo y durante la cena le habló a mi hermana. Algo muy inusual en mi familia. Se presentó con muchos temas para desviar la pregunta “¿Dónde estabas?” Pero mi hermana, finalmente, se la hizo. Él se puso nervioso. Rió sospechosamente y respondió: “En una reunión de padres de familia”.

Mis padres siempre se la pasaban gritando cuando vivían juntos. Pero, a pesar de ello, mi padre llama a mi madre (quien vive en otra ciudad) constantemente y ella le atiende cada vez que puede. Siempre dispuesta a darle hasta lo que debería ofrecer a sus hijos. Le digo que tengo la contraseña de su cuenta de chat y ella se sorprende. Le digo que no se preocupe, que voy a investigar y me mira disconforme y un poco enojada, como siempre. Ella también lo ha pasado mal. Es que soy la única persona a la que confía… Al menos, es lo que siento.

Sujeto la tablet, la miro y respiro. Entro a la cuenta de mi papá. Veo los chats. ¡Eureka! “Ya llegaste a tu cuarto”, leo en la ventanilla. Mi hermana casi siempre tiene razón en las cosas ocultas. Siempre piensa lo peor y esta vez tuvo la razón. No me inmuto siquiera. Él siempre es sospechoso y ahora mi hermana lo pasa mal por él. Pensar que eran como mejores amigos en su infancia, y que cada mentira que nos dijo opacó su alma. Le comento y me pide que yo afronte la situación. La verdad no estoy segura. No me importa mucho la vida de mi padre en ese aspecto. Es una persona con mucho por aprender; pero con pocas ganas de hacerlo. Temo que pase lo mismo que siempre. Que lo niegue y que siga haciendo pensar a mi madre que la quiere. Está claro que no. Pero, ¿cómo decirle a alguien que compartió toda su vida con otra persona que no la quiere? Es difícil y cruel cuando lo he hecho. Desde niña pensé que debían separarse, pero el perdón a veces existe cuando no debe.

Sé cuál va a ser su reacción. Se indignará de mi descubrimiento como siempre. Incluso sería capaz de reírse en mi cara de lo que le digo. Mi hermana sentirá impotencia por no poder afrontarlo conmigo, pues ella tiene un secreto que no quiere contarle, y que en el futuro usaría contra ella.

Son las 11.00 am y sigo en mi cama. Miro alrededor, compuesto por un mundo incomprensible. Ella me pregunta si estoy triste. Triste, la palabra para describir el silencio. El mundo del ruido en el que vivo, no me permite estar “triste”. Demanda que le responda aunque la respuesta sea falsa. El mundo en el que vivo asume que mi mirada es producto de la infidelidad de padre. Pero yo ya no estoy para preocuparme por mentiras que ya descubrí y que nadie está dispuesto a creer. Incluso mi madre. Me parece tan insignificante contar lo que él hace a sus espaldas. Me parece tan insignificante, pues sé que lo perdonará. Estoy silenciosa, porque lo necesito. Porque me cansé de hacer bulla. Una bulla igual a la del resto. Pero a la vez cansada, porque al callar emito un ruido que molesta a los demás. Pero a mí me encanta. Y es que mi silencio no es un silencio real. Mi silencio comprende momentos en los que tomo consciencia de quién soy y de quiénes aprendí lo que soy. El silencio es comprender que me criaron con mentiras. Con mentiras buenas, que no son verdad para mis padres. Mentiras para amortiguar mi crecimiento, tal vez. Mentiras para alumbrar un camino hacia mi adultez.

La verdad se está desvistiendo, y prefiero la mentira. Me resulta intolerable que nos críen con mentiras, para que una vez que tengas dieciocho te cuenten la verdad. Una verdad falsa, claro está. Una verdad en la que los amigos son falsos; pero para ti no lo son. Una verdad en la que tienes que pensar en ti. Pero para ti eso es el final. Una verdad en la que una mirada indiferente es lo correcto y la sincera es debilidad. Una verdad en la que los sentimientos son falsos y el dinero es lo único real. Pienso: “Debo levantarme. Hoy llega mi madre”.

Soy Maricarmen. Tengo 19 años y todos me han mentido. Me han drogado con mentiras exquisitas, al igual que a mis amigos, al igual que a todo el mundo. Aún recuerdo cuando a los 6 años mi padre me felicitó por decir la verdad: decir que el lapicero que compré estaba fallado. La mujer de la tienda decía que yo mentía y mi padre hizo que me defienda. Me brindó la confianza para reclamar por un LAPICERO. Por la verdad. Él hizo que aprecie las cosas que para los demás serían insignificantes. Él hizo de mí alguien buena. Ahora, cuando los años han pasado, me clavan cuchillos que afilaban en todo este tiempo. Entiendo, al fin, que mis padres me criaron bien. Pero aun no estoy segura si lo siguen haciendo. Me ocultan cosas, me dicen que sea indiferente. Critican a los demás, y no dejan que los demás sean como quieren ser. Cuando era niña, no tenía que preocuparme por mi forma de vestir, por mi forma de hablar, por mi sinceridad. Pero ahora tengo que ser una mujer recatada. Tengo que hablar apropiadamente, tengo que mentir. Al menos eso es lo que se supone que debo hacer. Pero si lo hago, volveré a caer en el ciclo de las mentiras en el que me han predispuesto a crecer. No lo haré.

Seré quien soy, para que la gente sepa que un “adulto” y un “niño” solo se diferencian en la escritura. Seré quien soy, porque quiero que mis padres sepan que el ciclo no debe continuar. Seré quien soy para que mis hermanos se sientan libre de hablar. Seré quien soy para vivir mi vida como soy.

Mi madre llega. Está cansada. Le doy un beso en la mejilla, igual que a mis hermanos y mi padre le dice “Hola, feliz día de la madre”. Mi madre sonríe de emoción al oír sus palabras, sin saber que estas son el efecto del arrepentimiento y culpa que ahora mismo debe sentir mi padre por las mentiras en las que ha vivido y en las que me obligan a vivir. Pero, no más. Mañana será un gran día para todos. Sabremos la verdad. Por ahora, dejaré que la mujer que me dio la vida descanse y celebre con nosotros la fiesta que todos, menos mi padre, celebraremos el siguiente año.

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