Un día común y corriente

Autora: Rosselly Jaydi Curahua Vargas

Ella estaba sola. Como era usual todos los días, salía de la universidad. Lástima que salía más tarde de lo normal por las tareas. Ella ya sabía que tenía que estar preparada para lo que se venía. Decidió empezarlo cuanto antes, porque si no lo hacía la pasaría peor. Ella caminaba tan rápido como podía. Sabía que no era un juego y claro que no era un juego. Era su vida. Entonces, mientras esperaba el bus, pasaban personas. Para ella era un martirio el solo hecho de verlas. Pensar que alguno le vaya hacer algo resultaba abrumador. Uno de ellos se sentó a su lado. Ella optó por pararse y alejarse. Al instante, se generó una sonrisa inigualable, pues ya llegaba su bus. Tan emocionada estaba por subir a aquel insignificante bus.

Ella subió. Felizmente, estaba vacío. Algo bueno después de un día tan agotador. Decidió sentarse junto a la ventana por dos razones. La primera, porque, de esta manera, solo miraría el camino y no a la persona que se pondría a su costado. La segunda, porque simplemente la harían parar en cuanto suban los demás pasajeros. Ella estaba tranquila, hasta que un joven se sienta a su lado. Él también parecía ser universitario. En ese momento, decidió no hacer algo que la hiciera notar. Prefería ser invisible y que ni siquiera la vea. Esa era una buena opción. Al instante, él chico la miró una y otra vez. Decidió preguntarle la hora, para así mirar su rostro. Pero ella optó por no responder, ni mirarlo. Sentía miedo. Ella solo pensaba en bajarse de ese bus. Pasaron los minutos y ya estaba cerca. No aguantó esa tensión y se paró. Pidió permiso para retirarse. Colocó su mano en el asiento e inesperadamente el muchacho hace lo mismo y la coge de la mano. Ella se volteó y en ese entonces sucedió esa conexión inexplicable. Se quedaron mirándose; pero ya era momento de que bajara.

Ella únicamente decidió ir avanzando. No quería hacerlo, porque, por primera vez, no sentía tanto miedo. Pero la oportunidad ya había acabado. Así que siguió caminando hacia la puerta trasera. Levantó la mirada y ya había llegado a su paradero. Al instante bajó, caminó un poco y ya había llegado a casa. Ella suspiró como nunca al llegar a su cuarto. Lo bueno era que ya estaba a salvo, al menos por ese día. Simplemente le quedaba esperar al día siguiente y ver qué le depararía el destino.

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